Alfarero de la vida

Escrito por rodrigo   // mayo 10, 2010   // 0 Comentarios

Orgulloso de su trabajo, de su familia y de su tierra, Atilio López es alfarero, un artesano tradicional cuyos productos llevan el sello de Traslasierra. Atilio López nació el 22 de febrero de 1949 en Puente del Cura, un paraje ubicado al noroeste de Mina Clavero. Sus padres, doña Alcira López y don Jesús Tomás López también nacieron en el mismo lugar. Allí se crió y desarrolló su oficio. Allí tiene hoy -y desde siempre- su taller de alfarería y allí recibe también a los cientos de turistas que lo visitan cada temporada.

Los padres de Atilio comenzaron a trabajar la arcilla como un recurso para obtener utensillos domésticos de uso cotidiano (cántaros, vasos, ollas). Con el tiempo cambiaban esos elementos con los vecinos a fin de adquirir otros productos: dulces, maíz, pasas de higo, pelones, entre otros.

Paralelamente, Doña Alcira decide vender algunas piezas de cerámica a los turistas que, por ese entonces, llegaban a Mina Clavero. Recorría hoteles, la costanera de los ríos, las playas y ofrecía adornos con formas de animales de la zona: burros, caballos y cabras.

De quince hermanos, Atilio es el único que se dedica a la alfarería y en su trabajo de todos los días mantiene intacta las técnicas aprendidas por sus padres de los primeros habitantes de la zona, los comechingones. Las piezas son moldeadas y pulidas a mano y cocidas en horno de barro. El trabajo es arduo, pero este hombre asegura haber asumido el compromiso de perpetuar una práctica centenaria.
Probar suerte en otro lado
Antes de hacer de la alfarería su estilo y modo de vida, Atilio trabajó en distintos lugares del interior de Córdoba y en la Capital Federal.

A los 13 años se fue de su casa “a probar suerte en otro lado”. Recorrió  Villa Carlos Paz, La Cumbre, Río Tercero y Buenos Aires, empleándose en diferentes oficios. Estando en Buenos Aires, un cliente de sus padres le ofreció trabajo en la fábrica Corcemar. De esta manera volvió a Córdoba, pero no pudo ingresar a la fábrica porque había hecho el servicio militar. Fue así que terminó trabajando de jornalero, en la obra del Camino de las Altas Cumbres. Cuando la tarea estuvo terminada  regresó a la casa de su niñez.

Instalado nuevamente en Mina Clavero, se dedicó de lleno a la alfarería. Por ese entonces, recibe un pedido importante que asegura fue “el puntapié inicial” para abrazar su tarea. Ese trabajo le permitió comprar una estanciera con la que recorrió las distintas ferias de artesanías del país. Fue así como llega, junto a sus padres a la I Feria de Artesanías, que se realizó en 1970.

Tiempo después se puso de novio y en 1975 se casó y tuvo cuatro hijos, a quienes les enseñó la técnica que practica.

Atilio trabaja en el taller desde hace treinta y siete años, dieciséis horas por día. Todas las mañanas se levanta temprano para cumplir con sus obligaciones y luego se instala con la arcilla. En verano el trabajo es más intenso y las horas que le consume su labor se incrementan.

A diario recibe a los visitantes que llegan hasta su casa para conocer el proceso de producción de las piezas de cerámica. Con el correr de los años, muchos son los clientes que vuelven a Puente del Cura para compartir con la familia López una tarde o un asado. Esa, afirma Atilio, es una de las mayores satisfacciones que el trabajo le ha brindado.

El proceso de trabajo
 
El trabajo comienza con la búsqueda de la arcilla, que se encuentra a orilla de arroyos y ríos. El paso siguiente es separarla de la tierra común y depositarla en piletas.

Allí comienza un proceso de decantado que durará varios meses; una vez que quedan separados los últimos restos y las últimas piedras, queda una pasta de textura cremosa que se deposita en un último recipiente para que se absorba la humedad. Posteriormente se la amasa para sacarle todo el aire. Esta preparación puede permanecer un año preservada en bolsas de polietileno.

Una vez que se desprende todo el aire y la masa esta lista se la coloca sobre una tabla para comenzar a modelarla. De uno a uno se hacen “choricitos” de arcilla que se enciman y de a poco se va levantando la pieza. Cuando adquiere forma se la trabaja con cuchillos, y se la talla para sacar los bordes y las rugosidades. Finalizada esta etapa se deja secar, se lija, se la frota con trapo mojado y después comienza el pulido.

El pulido se realiza con piedras del río, las que en contacto con la arcilla compactan la pieza y le otorgan brillo.

Para completar el trabajo, la pieza va al horno y se cuece a una temperatura promedio de 900°. En el horno, los minerales que la arcilla contiene se endurecen y se cristalizan.
 
 
(Mina Clavero. Gov)


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